Se marchó con la sencillez de querer dejarlo todo atrás. En su maleta no había fotos, ni libros aplastando flores secas, ni siquiera una vieja carta de amor con el perfume de alguna silueta borrosa. En aquella maleta sólo había ropa y un cargador de móvil. Al fin y al cabo, cuando llegara, tenía que avisar a todos de que estaba viva y bien. Pero sólo cuando llegara.
¿Y quién sabe, a fin de cuentas, cuándo llegar, cómo llegar, y lo más importante, hasta dónde hay que llegar? Ella tampoco lo sabía. Pero confiaba en que la señal aparecería, tarde o temprano, para indicarle que su viaje había finalizado.
Decidió una vez más que la forma era escribir. No era la manera de solucionarlo, pero era un buen comienzo para poner sus ideas en orden; y, al menos, al releer, en algún milagroso momento encontraría los avances que tanto ansiaba alcanzar. Dando por zanjada esta cuestión, dejó atrás su vieja libreta y se hizo con unos cuantos folios en blanco, que plegó concienzudamente y guardó en su bolsillo. Cada hoja sería una historia suelta, un momento al azar. Nada de hilar cronológicamente. Suficiente coherencia ficticia.
Pasaron minutos, días, semanas, meses, y el buzón de voz siempre seguía apareciendo cada vez que alguien la llamaba. Ella estaba aquí y allá; unas veces, en una playa tranquila; otras, en cualquier terraza con un buen café sobre la mesa. El denominador común: una hoja de papel llena de más impresiones que ideas.
Lo cierto es que las ideas escaseaban, poco había que añadir después de pasar la mitad de su vida haciendo uso del método de ensayo y error. Le costó gran parte de ella comprender que no puedes esperar resultados distintos de un mismo modus operandi. Asumido este hecho, trató inútilmente de ir apretando cada vez una tuerca distinta, pero la máquina nunca se disponía a funcionar. Y así pasó mucho más tiempo del que le llevó su viaje, hasta que acabó por aceptar -un día como cualquier otro, sin necesidad de artificios ni grandes casualidades- que la máquina estaba rota, y que ella lo estaba aun más.
Éste fue el día en que reparó en que algo en su vida -como entidad absolutamente abstracta- debía cambiar. Y la abstracción del problema era su mayor preocupación: ¿Debía partir de la raíz? ¿De su empecinamiento en hacer funcionar esas tuercas? ¿O más bien se trataba de comenzar a desatar el lío por los nudos del final? Cuando la magnitud del problema alcanzó niveles más que inabarcables para cualquier mente humana, cuando la ausencia de una mínima respuesta por la cual empezar se hizo latente, en ese preciso instante, debió encendérsele la bombilla interior. Sería algo así como eso que la gente llama "encontrarse a uno mismo".
Y así siguieron pasando meses, y poco a poco empezaba a prestarle más atención a la textura de la arena y el sabor de ese café que a las líneas que con la misma progresión dejaban de fluir. No hubo palabras que marcaran un cambio interior, no hubo silencios que pronosticaran finales. No hubo nada, excepto esa misma nada. Y esa nada fue la que propulsó su salto hacia el vacío. Todo en lo que creía se había desmoronado; sus propósitos se habían reducido a pasado; incluso las pesadillas, que sí seguían existiendo, pasaron a existir sólo en sueños. Hasta que un día se encontró con que en su mesa sólo había un folio en blanco y un café. Y quizá porque el café lo hizo ella misma, lo quemó sin querer, y estaba tan, tan, malo (no os podéis ni imaginar lo malo que estaba), reparó en el folio y no en disfrutar de la bebida. El folio estaba vacío, como ella.
Pero no era un vacío como el que te deja la pérdida. Más bien olía a nuevo, como los libros a estrenar y el barniz en la ventana al arreglar tu casa de campo para hacerla habitable. Olía a historias por empezar. Y el olor de esa historia vieja de la que ya estaba cansada de hablar se perdió en el pasado, con esas fotos, esas flores secas, y el perfume de esa vieja carta de amor.
Empezó a escribir después de enchufar el móvil a su cargador.
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